El inicio de un nuevo año suele convertirse en un punto de pausa. No necesariamente para hacer promesas, sino para revisar con mayor honestidad si el camino profesional que se sigue hoy realmente conecta con lo que uno es y quiere construir.
La pregunta aparece de forma recurrente, aunque pocas veces se dice en voz alta: ¿y si lo que estudié no es lo que realmente me mueve?
Durante mucho tiempo se asumió que la trayectoria profesional debía ser lineal. Elegir una carrera, ejercerla durante años y sostenerla incluso cuando deja de generar satisfacción. Sin embargo, la realidad actual muestra algo distinto. Cada vez más personas adultas se plantean un cambio por la necesidad de encontrar sentido, motivación y coherencia entre su trabajo y su identidad personal.
En ese proceso de replanteamiento, la decoración de interiores ha dejado de verse únicamente como una disciplina creativa para convertirse en una opción profesional sólida, que combina sensibilidad, técnica y una salida laboral concreta.
Ser interiorista es entender cómo las personas viven, trabajan y se relacionan con su entorno. Es una profesión que exige criterio, escucha, capacidad de gestión y una mirada emocional sobre los espacios.
Desde la experiencia formativa, proyectos como Idequo han identificado un patrón claro, que muchas de las personas que hoy se forman como interioristas cuentan con trayectorias laborales muy diversas, es decir, son profesionales que han decidido transformar esa sensibilidad que veían como un pasatiempo, en una profesión real.
“Formarse como interiorista implica mucho más que aprender a diseñar espacios. Supone un proceso personal y profesional en el que se desarrollan criterio, seguridad y una nueva forma de mirar el entorno. Muchas personas llegan a la formación buscando reconectar con algo que les motiva, pero también con una salida laboral concreta y sostenible”, señala Amaya Baña, Directora de Alumni Experience and Network Building de Idequo.
La formación en interiorismo responde así a una doble dimensión. Por un lado, ofrece herramientas técnicas, digitales y creativas para ejercer una profesión con demanda real. Por otro, acompaña un proceso de cambio vital en el que la experiencia previa, lejos de ser un obstáculo, se convierte en un valor añadido. La madurez profesional aporta orden, visión estratégica y una comprensión más profunda del cliente y del contexto.
Cambiar de rumbo no significa empezar de cero. Significa reinterpretar lo aprendido, darle un nuevo sentido y aplicarlo desde un lugar más alineado con lo que uno es hoy.
Quizá el inicio de año es el momento ideal para ser más introspectivo, escucharse mejor, redefinir el rumbo vocacional y atreverse a dar ese paso sin importar la edad que se tenga, ya que este tipo de decisiones conscientes suelen ser transformadoras de manera positiva.

