Por Alejandro Desfassiaux, Presidente del Consejo de Administración de Grupo Multisistemas de Seguridad Industrial
Ante un nuevo cambio de reglas comerciales, gobierno y empresarios —los grandes y los miles de pequeños que nadie atiende— tienen que sentarse a planear, o volveremos a pagar el mismo precio de hace 30 años.
En diciembre de 1992, México firmó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Fue un éxito macroeconómico y exportador para las industrias que se insertaron de inmediato en las cadenas globales de valor, pero actuó como una aplanadora para los pequeños y medianos fabricantes locales, que dependían casi por completo del consumidor mexicano y carecían de financiamiento, tecnología y visión de exportación para competir mundialmente.
Esas empresas no tuvieron tiempo de ajustarse ni tecnificarse: el tratado entró en vigor apenas un año después de firmarse y no alcanzaron a prepararse para pelear contra el mundo. Fabricantes de calzado, textiles, herramientas y juguetes, que por generaciones dieron empleo a miles de mexicanos, fueron desmantelados por la apertura comercial abrupta, la competencia extranjera más barata y la falta de modernización interna.
Antes del TLCAN, México producía internamente casi todo lo que consumía, cerrando las fronteras para proteger a las empresas nacionales. Con todo y sus defectos, esa regla nos obligaba a fabricar. Con el tratado la perdimos, y con ella se fue también nuestra costumbre de producir.
Hoy estamos otra vez ante un cambio de reglas: el T-MEC no se ratificó como se esperaba, vienen aranceles por todos lados y nadie está preparando a la industria para ese golpe, igual que hace 30 años. Si entonces el error fue no darnos tiempo para ajustarnos, ahora lo estamos repitiendo sin que gobierno y empresarios se hayan sentado a planear una estrategia. Pero esta vez no podemos decir que no lo vimos venir.
Vale la pena ver qué ha hecho China en los últimos 40 años. Envió a su gente a prepararse en el extranjero, la trajo de regreso y se puso a producir en su país lo mismo que se fabricaba en esas potencias, pero mejor. Hoy elabora —en industrias tan distintas como la automotriz, la electrónica y los bienes de lujo— artículos que compiten en diseño y calidad con lo mejor del mundo, a una fracción del precio. No depende de importar lo que otros hacen bien, porque aprendió a hacerlo igual o mejor, así que una ruptura comercial no la deja tan expuesta como a nosotros, que dejamos de producir y nos volvimos expertos en importar, porque es más fácil y rentable traer lo ya hecho que fabricarlo aquí.
Por eso creo que es momento de que gobierno y empresarios trabajen juntos. Y no nada más los 100 empresarios más grandes del país, sino los dueños de los cientos de miles 2 de empresas medianas y pequeñas que generan la mayor parte del empleo y a quienes nadie atiende.
Hay que volver a fabricar lo que dejamos, con reglas claras de contenido nacional y con incentivos de verdad, del tipo que ofrece Estados Unidos cuando compite por atraer una planta: terrenos en condiciones favorables y años de exenciones fiscales. En México ocurre al revés: en lugar de dar facilidades, el gobierno obstaculiza con más reglas y documentación, y deja que sea el inversionista quien tenga que comprobar, por su cuenta, que todo está en orden. Y, al final, gasta más tiempo demostrando que cumple los requisitos que echando a andar el proyecto, y eso espanta la inversión.
Mientras tanto, el capital humano que necesitaríamos para esa reindustrialización se debilita: privilegiar la permanencia escolar para no repetir el año está formando generaciones con certificado, pero sin conocimientos.
Si seguimos así, veremos menos empleo de calidad, una deuda pública cada vez peor calificada, y un gobierno que tarde o temprano tendrá que elegir entre generar ingresos sanos a través de empresas privadas que paguen impuestos, o imprimir más dinero. Y ya conocemos el desenlace de esa historia.
Hasta ahora no percibo que el gobierno esté tomando una acción concreta para reunir a los empresarios y poner en marcha este proceso. Ojalá me equivoque. La oportunidad de corregir el rumbo sigue vigente, aunque sea de mediano plazo, pero se agota cada día que no la tomamos en serio. No digo que nos cerremos al mundo, sino que volvamos a competir con algo propio que ofrecer, y eso solo se logrará si empezamos ahora.

