Por Rebeca Sánchez
Había una vez en un pueblo muy pequeño, un grupo de cristianos que decidieron hacer un retiro espiritual en el silencio de la naturaleza, por lo que convocaron a toda la feligresía, muchos aceptaron la invitación.
La fecha y hora del retiro espiritual llegó y unas niñas entre 7 y 9 años, estaban inquietas por asistir a dicho lugar, anhelaban vivir esa experiencia, sus padres no irían, por lo que ellas tenían pocas probabilidades de poder hacerlo, sin embargo, insistieron, tras un rato de mucha súplica, y después de tanto insistir la madre de las niñas otorgó el permiso.
Emprendieron el recorrido para alcanzar a la gente que se había adelantado hacia el lugar del evento, pero durante el camino, no vieron las señales que debían seguir, y tomaron una ruta distinta, cuando habían caminado bastantes kilómetros, se encontraban lejos y solas, con ruidos propios de la vegetación, el viento y los animales silvestres, por lo que sintieron temor y angustia que provocó que lloraran con gran sentimiento, Dios envió a un hombre que pertenecía a la comunidad de la Iglesia quien también haría el recorrido pero más tarde, y tomó el mismo camino que ellas, al verlo se sintieron rescatadas y con esperanza.
El amigo con paciencia y amor los guío al lugar donde sería el retiro espiritual, gracias a ello pudieron llegar y disfrutar de adorar a Dios en la naturaleza con los demás amigos; el encuentro con Dios fue muy especial, lleno de gratitud, marcado por la experiencia que les había ocurrido.
Recordaron que Dios siempre pone los medios para enderezar nuestros caminos por confusos y perdidos que nos parezcan.

